Los elementos
o mi primera brújula para volver a casa.
El mundo material, o la naturaleza de las cosas, ha sido objeto de estudio a lo largo de la historia de la humanidad. Siempre nos ha fascinado la idea de conocer la composición y el funcionamiento de todo lo que nos conforma y nos rodea. El conocimiento como un ancla para habitar el mundo sin sentirnos tan perdidos.
Pero ¿Cuándo pensamos en la naturaleza, nos incluimos en ella?
A los 27 (lo que algunos llamarían el umbral del retorno de Saturno) sentí que me había perdido de mí misma. El diagnóstico/tratamiento de “depresión” me acompañaba, pero no alcanzaba para sostener lo cotidiano, y aunque he vivido momentos más duros en lo práctico, ese fue uno de los más desconcertantes… estaba extraviada, desconectada, sin brújula.
Ese año viajé a Italia a cumplir el sueño de visitar Florencia y su arte por primera vez. Por supuesto, otros lugares también. Fue, en muchos sentidos, uno de los mejores viajes de mi vida. Un mes caminando por Europa sin más responsabilidad que existir, acompañada de mi amor, pero mi corazón estaba apretado entre paredes de concreto, y cuando volví a Chile, algo cambió.
Lo primero que hice fue ir al mar, mi mar. Mi Pacífico, más violento que ningún otro océano del mundo. Fui a mis montañas, mis bosques, mis ríos. Empecé a crear con mis manos con cuanta cosa hubiese a mi alcance. La naturaleza y los materiales siempre me contienen.
De un verano europeo volví de golpe a un invierno del sur del mundo. La tierra húmeda bajo mis pies, su olor, su textura, el taller de cerámica. El fuego de los hornos, el olor a leña ardiendo en las estufas para sostener las noches. El agua cayendo en mi cuerpo, arrojado a la lluvia, el viento gélido y enrevesado de las mañanas. Todo eso, no solo volver del viaje, fue lo que me devolvió a casa.
Es que la conexión con la naturaleza ha sido una constante en mi vida, en ella me siento en mí. Entonces, ese año, en ese tránsito por la oscuridad, cuando ya no era solo el ánimo el que clamaba sino el espíritu, y el dogma religioso de la crianza no bastaba para refugiar mi alma, casi como siguiendo el destino de todos los descarriados de la iglesia, empecé a explorar más seriamente el mundo del esoterismo.
Más como lenguaje que como refugio absoluto. Nunca me quedé del todo. Me interesa, me parecen bellos los rituales, las velas, los cristales, los sigilos… pero no es donde me siento yo (a pesar de ser tarotista y astróloga, para que vean que no todos caemos en los mismos sacos).
Lo que sí permaneció, lo único que realmente se arraigó en mí de ese tiempo, lo primero y casi lo único que realmente echó raíz, fue la lógica de los elementos y sus correspondencias.
Fuego, aire, agua y tierra se volvieron mi primera brújula. Una forma de orientarme el mundo y de entenderme a mí misma, desde los ciclos, los opuestos, lo que se une y separa, lo que cambia y lo que permanece. Ahí encontré una manera de volver a mí, en ellos encontré un orden vivo, una manera de re-cordarme también naturaleza.
De lo material a lo simbólico

La química, en términos generales, es la ciencia que estudia la materia, su composición, sus propiedades y las transformaciones que experimenta. Su historia se remonta a tiempos prehistóricos, con el descubrimiento y dominio del fuego, así como el desarrollo de técnicas como la cerámica y la metalurgia. Más tarde, en la Edad Media, surgió la alquimia, una disciplina que combinaba conocimientos experimentales con elementos filosóficos y místicos, buscando, entre otras cosas, la piedra filosofal. La química comenzó a consolidarse como ciencia moderna recién entre los siglos XVII y XVIII, gracias al desarrollo del método científico.
Pero antes de la química, y de los elementos tal como los entendemos hoy, en el mundo occidental predominaba otra forma de explicar la materia, la de los cuatro elementos fundamentales.
Empédocles (490–430 a.C.), uno de los filósofos presocráticos más influyentes, fue el primero en definirlos. Postuló que la materia estaba compuesta por partículas pequeñas e inmutables formadas por fuego, agua, tierra y aire, y que en la constitución de cualquier objeto intervenían además dos fuerzas fundamentales: el Amor, que favorecía la unión de los elementos, y la Discordia (o el Odio), que los separaba.
El Amor actúa como una fuerza de atracción que mezcla y armoniza, dando origen a todas las formas de vida. La Discordia, en cambio, fragmenta y disuelve, generando transformación y cambio constante. Ambos son necesarios para que la vida exista, qué profunda belleza.
Con el paso del tiempo, como casi todo, esta visión se nutrió de nuevas capas. Durante la Edad Media y el Renacimiento se consolidaron las correspondencias que hoy reconocemos, los elementos comenzaron a vincularse con temperamentos, direcciones, planetas y signos zodiacales, especialmente en la alquimia, la astrología y las corrientes herméticas.
Más tarde, en el ocultismo moderno, estas asociaciones se sistematizaron en rituales, tarot y magia ceremonial, fijando relaciones como fuego–voluntad, agua–emoción, aire–mente y tierra–materia, que son las que ampliamente conocemos y utilizamos hoy.
Recordar los elementos
Volverlos a pasar por el corazón. Es que para mí los elementos fueron punto de partida, sin retorno posible. La naturaleza en mí, con ellos, despertó para siempre.
Desde la óptica de los elementos podemos comprender que contienen la energía creativa universal. En términos de la espiritualidad, nos ofrecen una visión ampliada de la experiencia humana, en diálogo constante con la naturaleza y, en muchas formas, conectar con ellos es también volver al “origen”. Dios, esencia, universo, lo que quieras.
Los elementos coexisten en nosotros. Integrar la energía de los elementos desde sus correspondencias esotéricas como parte del viaje de autodescubrimiento nos permite observarnos en nuestra diversidad, comprendiendo que somos fuego, aire, agua y tierra en todos sus matices, y que en la búsqueda de su equilibrio dinámico se despliega el devenir.
Fuego: El fuego es la chispa que irrumpe, la energía que empuja desde adentro sin saber por qué. Es deseo, impulso, pasión. La voluntad que provoca el movimiento y nos lleva a actuar, a crear, a empezar incluso sin tener claridad. Es simplemente arder. Habita en la creatividad, en el placer, en la sexualidad que se expresa y se expande, en eso que vibra por dentro y no se puede callar. El fuego transforma, toma lo que es y lo vuelve otra cosa. Un fuego vivo ilumina, pero desbordado arrasa.
Tierra: La tierra sostiene. Es el cuerpo, lo concreto, el límite que da forma. Es lo que se construye con el tiempo, lo que se cultiva, lo que permanece, las rutinas, el trabajo, las raíces. La tierra nutre, contiene, cuida. Nos enseña que habitar también es sostener. Es el pulso constante, los ciclos que no se apuran, las conexiones de vida que crecen bajo la superficie y en silencio. Pero la tierra sin cuidados deja de ser fértil, deja de acompañarnos. La tierra, más que nada, necesita presente.
Aire: El aire es lo invisible que atraviesa y conecta todo. Es la mente, las ideas, el lenguaje, los pensamientos que se arman y desarman sin detenerse. Es curiosidad, movimiento, intercambio, la necesidad de comprender y de nombrar. El aire conecta, expande, abre, nos saca de un lugar para mostrarnos otro. Transmite los sonidos en el viento. Es la palabra, la mirada, la posibilidad de cambiar. En equilibrio otorga amplitud y claridad, en encierro se vuelve irrespirable, en exceso nos dispersa y nos aleja, incluso de nosotros mismos.
Agua: El agua es lo que se mueve por dentro. El flujo que recorre sin parar los cauces de nuestro cuerpo y del mundo. Es emoción, intuición, memoria. Lo que sentimos profundo, aunque no siempre tenga nombre. Es el mundo sutil, los vínculos, los sueños, lo inconsciente que nos habita. Nos habla de cómo sentimos, si contenemos, si negamos o si dejamos que fluya. El agua necesita su cauce. Estancada, se pudre, desbordada, destruye.
Paisajes interiores
Los elementos no existen por separado, se rozan, se afectan, se transforman entre sí.
El fuego con el aire se expande, pero si es pequeño, un soplido bastará para que se apague. La tierra se nutre del agua, pero en exceso se vuelve barro. El aire es vida, pero también puede desatar tormentas y romper el orden en la tierra y en el agua. El agua fluye, pero también hierve, se agita o se espesa según con qué se vaya encontrando en el camino.
Fuego, aire, agua y tierra se necesitan mutuamente, así como nosotros necesitamos habitar cada uno de estos planos, emociones, cuerpo, pensamiento y espíritu entrelazados. La forma en que estos elementos se combinan en cada uno es única, pero no es fija. Somos una configuración móvil, transformable, situada en un contexto determinado.
¿Habrán algunos elementos más deseables que otros en la sociedad en que vivimos? ¿Tenemos la posibilidad de modificar su configuración en nosotros mismos? ¿Esa posibilidad dependerá de nuestra edad, de nuestro género, de la clase socioeconómica a la que pertenecemos?
Conocer qué elemento nos habita con más fuerza, cuáles nos cuesta integrar y por qué, es una invitación a observarnos, a elegir y a participar conscientemente en nuestros propios procesos internos. A dibujar nuestros propios paisajes interiores.
Una de las formas más comunes de entrar en este mundo es conocer nuestra carta natal astrológica e identificar qué elementos, en relación a sus correspondencias zodiacales y planetarias, tenemos más o menos presentes. Hay muchas otras formas también. Pero en mi experiencia, la más verdadera y profunda ha sido la contemplación de mi misma.
Tal como dice Galeano, no hay dos fuegos iguales. No hay dos tierras, dos aguas, dos aires.
Este texto es solo la introducción de la clase del mes de mayo de la membresía de Espacio Solunar, que justamente se llama Paisajes Interiores, honrando la naturaleza de nuestra vida.
En la clase de mayo hablaremos de los elementos y sus viajes, aplicados al tarot, la astrología y la vida misma. Puedes sumarte a la membresía en Patreon aquí, y recuerda que al suscribirte tienes acceso a todo el material que ya hay allí, clases, ejercicios creativos, oráculos y mucho más.
Y es que al final, todo paisaje que habitamos afuera ya existe, de alguna forma, dentro de nosotros. Y quizás de eso se trata, no de cambiar lo que somos sino de aprender a habitarlo, contemplarlo, pensarlo y sentirlo. Seguir creciendo y transformándonos en el camino, solo para estar cada vez más cerca de nosotros mismos.
Un abrazo enorme! Nos vemos en la membresía ♡
Karin








Me encanta comprobar cada vez que compartimos fundamentos 🤘🏻🤘🏻🤘🏻🤘🏻🤗
Karin, qué brújula tan necesaria nos has regalado ! 🧭✨
Me encantó cómo lograste que Empédocles y el "retorno de Saturno" se sentaran a tomar un café (o un mate bajo la lluvia del sur) para explicarnos la vida. Tu forma de narrar ese regreso al "mar violento" y al olor de la leña no solo es creativa, sino que se siente en la piel; es casi una alquimia literaria que nos devuelve al cuerpo.
Me reí mucho con eso de ser "descarriados de la iglesia" que terminamos en el esoterismo, pero con esa distinción tan lúcida: usarlo como lenguaje, no como jaula. Tienes toda la razón, ¡no todos los tarotistas y astrólogos cabemos en el mismo saco, y menos mal!
Siempre es bueno recordar que no somos estatuas de mármol, sino una "configuración móvil" de fuego, aire, agua y tierra. Tu texto es un recordatorio hermoso de que, a veces, para volver a casa, solo hace falta encender el fuego interno y dejar que el río corra sin ponerle represas.
Muchas gracias!
Paula ( @paulatarotmarsella)