Correspondencia
Sobre cartas, tiempo y la posibilidad de volver a tocar la comunicación.
Lunes 30 de marzo, Concepción, Chile.
Querida persona que lee esto:
Espero estés muy bien. Te quiero contar una historia.
El 2025 fue un año desafiante para mí. Fue, cual Ermitaño, de retirarme de lo que venía haciendo hace años, revisitar lugares iluminando cosas oscuras, autoexiliarme de otras y recuperarme de una gran sacudida que viví entre 2023 y 2024.
El amor me salva y la creatividad me contiene.
A fines del año pasado entré a un hermoso club de cartas, que prometía ser, por un lado, un refugio creativo y, por otro, un espacio de conexión, después de un año por elección más solitario. Pero en realidad, más allá de todo eso, siento que de la mano de las cartas entré a otra forma de tiempo.
No era solo escribirle a alguien. Era demorarse, elegir el momento, el papel como quien elige un cuerpo, una textura que va a sostener algo vivo. Tuve que aceptar que la letra a mano no es prolija, que el pulso a veces va a temblar, que el pensamiento puede salir sin edición, casi en estado indomable, que me voy a equivocar.
Hay algo honesto en ese gesto de escribir sin poder corregir después, sin borrar la emoción, sin maquillar la idea, sin editarla con IA para que quede perfecta. Obviamente puedes hacer un borrador, pero cuando escribí fue como si una parte muy antigua de mí se sentara a la mesa abrazada a la nostalgia, y se atreviera a compartir algo muy íntimo.
Y es que todas hemos escrito alguna vez. Fuimos niñas en una época sin internet. El MSN llegó después, cuando éramos preadolescentes y estábamos ávidas por conectar en la inmediatez, como un acto de independencia antes inconcebible. Pero previo a eso fuimos coleccionistas de diarios de vida, esquelas y papelería que viajaba escrita de mano en mano entre clases, con borrones, faltas de ortografía, en bruto.
Mandé las cartas del club emocionada a fines de noviembre. Había mujeres de distintas ciudades de Chile y también una de Francia, de Argentina y de Estados Unidos. Ir al correo, comprar estampillas fue toda una aventura. A cada una le escribí algo especial, en un sobre especial, incluyendo algo de mis magias, por supuesto. Las respuestas no tardaron en llegar y cerca del solsticio de verano ya tenía varias a mi haber. Cada vez que mi conserje me las entregaba me miraba extrañado, ya no suelen llegar cartas de esta forma, es cierto que la correspondencia ha ido quedando en el olvido, por eso es tan hermoso recordar que nos podemos comunicar así.
Llegaron todas con el verano, pero no las abrí.
Las guardé como si necesitara proteger ese instante. Me conmovía cada sobre, pero algo de mí se resistía, abrirlas era como invocar un hechizo que todavía no estaba lista para pronunciar. Había emoción, sí, pero también un deseo muy profundo de hacer de ese momento algo sagrado. Algo de mí sabía que ese acto necesitaba tiempo, intención, cuidado, presencia y el fin de año es bastante una locura veraniega en este lado del mundo.
Pasaron tres meses para que las cartas volvieran a mí. Ayer fue domingo 29 de marzo, el verano hace poco se ha ido pero el otoño ya se siente instalado en mi ciudad. Estaba siendo un día especial y pensé en pintar, pues hace unas semanas mis habituales registros escritos caóticos se han volcado a las imágenes. Abrí el cajón donde están mis acuarelas y sin querer me encontré con varios sobres coloridos esperándome, como si siempre hubieran estado ahí, como si yo los hubiera olvidado solo para poder encontrarlos en ese momento. Quería hacer algo especial y entonces entendí que esto era lo que estaba buscando.
Las abrí todas de una vez, para no tentarme a evitarlo nuevamente, y me senté a leer despacio. Algunas eran breves, otras largas, pero todas tenían algo en común, las cartas estaban vivas.
Las manos de mis compañeras en sus letras, sus voces en sus palabras. En las postales que habían escogido para mí, en la cantidad de hojas, en los detalles. Había fragilidad, había historias, había ganas de tocar la comunicación, no solo en el papel, en la vida.
No nos conocemos realmente, y sin embargo, en esas letras, en esos trazos, algo íntimo se deja ver, algo verdadero. Quizás porque escribir así a mano es un acto de despojarse, de ir directo al pulso.
Por eso me encanta la correspondencia. Porque implica corresponderse. Entregar algo muy tuyo, esperar sin apuro algo de vuelta. Un vaivén, un diálogo que no es inmediato, que no exige, que respira, que aunque urge y emociona, no fuerza rapidez, que sabe que en la espera hay recompensa.
Me parece vital en estos tiempos donde ya no estamos acostumbrados a esperar.
La correspondencia en términos de género epistolar, se entiende según la Biblioteca Nacional de Chile de la siguiente manera:
Las cartas conforman un tipo de género discursivo particular, cuyas leyes de composición nacen de la característica primordial de su existencia: la carta es una escritura que se realiza en la ausencia de uno de los interlocutores. Este "diálogo diferido", como lo ha llamado Patrizia Violi en su artículo "La intimidad de la ausencia", se caracteriza porque "la presencia real del uno tan solo puede acompañarse de la reconstrucción imaginaria del otro, en un tiempo y lugar distintos"
Se dice que la correspondencia es un tipo de escritura literaria basada en el intercambio de cartas que, a pesar de su origen personal o funcional, adquiere valor artístico, íntimo o documental.
Y pienso en el Tarot. En sus correspondencias simbólicas, conexiones analógicas, reales o imaginarias representando realidades diversas que no responden a una causalidad lineal. En su lenguaje que no se impone (o no debería desear hacerlo), que se revela de a poco, capa tras capas, que implica un diálogo entre cosas (imágenes, alegorías, historias, símbolos, formas y colores) que habitan distintos tiempos. Como la foto de un mago del siglo XV conversando con lo que me pasó la semana pasada.
Ya les he contado que para mi el tarot no funciona tanto como respuesta, sino como relación. Ahí radica mi interés por este artefacto hermoso. No es para mi algo que se consulte y cierre, sino algo que queda latiendo, como una conversación que no termina.
Hay tiradas que no se comprenden en el momento. Quedan ahí, como susurros suspendidos, esperando a que una sincronía los alcance y se vuelvan estruendo ineludible. Como si el sentido no estuviera en la lectura misma, sino en lo que se va tejiendo después, en ese diálogo silencioso que insiste.
Quizás por eso lo siento tan cercano a escribir cartas. Porque tiene un valor en sí mismo el acto de haberse atrevido a acudir al encuentro y enviar un primer mensaje. Porque hay una confianza en que algo va a responder, aunque no sea inmediato. Una forma de correspondencia que no depende de la rapidez, sino de la presencia.
Fue una magia poderosa abrir estas cartas.
En un mundo que corre, que consume vorazmente, que olvida rápido, hay algo rebelde en elegir quedarse un rato más largo en las cosas que amamos. En la escritura y lectura en papel, en la conversación que no tiene finalidad, en la fotografía análoga y todo su proceso de revelado. Valorar el tiempo que toman en crearse las cosas. Las sensaciones corporales que surgen del contacto físico con lo que se ama.
Cuando en general las cosas se esperan livianas, escribir y leer una carta se siente denso. Porque nos acostumbramos a lo efímero, a lo pasajero, a la velocidad que optimiza todos los recursos.
Pero la densidad se desliza pesadamente dejando huella. Claro, es menos eficiente para la vida que llevamos, puede ser incluso agotadora, desafiando esta época ansiosa y su vorágine.
Pero...
Quizás hacer las cosas más espesas es una forma de valorar lo emocional, lo artesanal, lo que involucra el cuerpo, donde las sensaciones son algo más que estados. Una forma de no olvidar que hay algo vivo siempre ocurriendo entre nosotros y el mundo, y que no necesita ser inmediato para ser verdadero.
Corresponder no es solo responder, es disponerse, hacer un tiempo y abrir un espacio, sostener un diálogo, dejarse afectar, por las cartas, por la espera, por lo otro, por uno mismo.
Quizás, en el fondo, todo esto que escribo se trate de esto, de intentar volver a corresponder la vida.
♡
Con mucho cariño, Karin.
Pd: Gracias inifitas a @amigouniverso por este espacio que me permitió observar tantas cosas lindas.
Pd2: Sé que esto no es ninguna idea novedosa. De hecho, después de escribir esto investigué y las cartas están en tendencia. Pero… ¿y si pudiera enviar un escrito/newsletter/algo que no llegue por pantalla, sino por sobre? Algo que viaje en serio, que se toque, que se huela. Sería un sueño. Si se da, ampliaremos. Un abrazo.






Yo soy cartero de tercera generación, mi Abuelo fue cartero, mi padre también, y yo me dedico a las cartas, otro tipo de cartas. He crecido en ese mundo de mensajes postales y conozco el compromiso de alguien que tiene como misión hacer llegar un mensaje. Es un universo maravillosamente analógico y humano.